En noviembre de 2023, Broadcom adquiere VMware por 61 mil millones de dólares, la mayor adquisición de software de la historia. En pocos meses, todo el modelo de negocio cambia. Las licencias perpetuas desaparecen y dan paso a la suscripción. Los productos se agrupan en unas pocas ofertas. Se impone un mínimo de compra de 72 núcleos y se aplica una penalización del 20 % a las renovaciones tardías. Y las facturas suben.
Y no es poco. En Europa se han registrado subidas de hasta el 1 500 % para algunos clientes. Una encuesta realizada en enero de 2026 entre grandes empresas norteamericanas pone de manifiesto la magnitud del impacto: casi seis de cada diez han visto cómo sus precios subían más de una cuarta parte, y más de ocho de cada diez están reduciendo ahora su uso de VMware. El mismo informe señala que la mayoría de las organizaciones han cambiado de estrategia dos o más veces en dos años. Es difícil desconectar aquello en lo que todo gira.
Lo que Broadcom ha revelado, y lo que no ha estropeado
El reflejo es culpar a Broadcom. Es tentador, pero inútil. Broadcom no ha estropeado nada. La empresa extrae valor de un activo por el que ha pagado un alto precio, con una eficacia formidable: sus márgenes operativos en el software de infraestructura alcanzan el 77 por ciento. Para un accionista, es un éxito. Para un cliente, es una lección sobre la dependencia.
Lo que la adquisición ha puesto de manifiesto es una verdad que preferíamos ignorar. Todo un sector había construido sus cimientos sobre un único proveedor, dando por sentado que las condiciones del pasado durarían para siempre. La virtualización de VMware estaba en todas partes, era perpetua, invisible y se daba por sentada. El día en que cambió de propietario, el cerrojo se cerró un poco más y todos descubrieron que no tenían la llave.
El cerrojo no se limitó al precio. Broadcom envió requerimientos a los usuarios sin suscripción y emprendió acciones legales contra grandes clientes, entre ellos las actividades de Siemens en Estados Unidos. Esta es la ruptura en su vertiente comercial y jurídica. No se trata de un servidor que se apaga a distancia, sino de una relación que se endurece hasta que quedarse sale más caro que todo lo demás.
El mal reflejo: cambiar de amo
Ante la factura, muchos han optado por la solución que tranquiliza y que se repite. Huir de VMware hacia otro proveedor propietario, con Nutanix a la cabeza. La migración se vende bien, el competidor abre los brazos y uno respira aliviado. Solo hemos cambiado de cerrojo. La misma trampa, otro logotipo, y dentro de tres años la misma conversación cuando el nuevo propietario decida a su vez exprimir el activo.
La soberanía no se consigue sustituyendo a un proveedor cautivo por otro. Se consigue planteando la única pregunta que importa: ¿podemos irnos? ¿Cuál es la reversibilidad real, a qué coste, en cuánto tiempo, hacia dónde? Esta pregunta tiene respuestas concretas. Las plataformas abiertas como Proxmox u OpenStack no eliminan la dependencia, sino que la hacen reversible, porque el formato sigue siendo legible y nadie tiene el control exclusivo. Otros han optado por quedarse en VMware negociando límites máximos de precios y derechos de salida contractuales, lo cual es defendible siempre que se haya decidido con pleno conocimiento de causa.
La lección, más allá de la virtualización
El caso de VMware no tiene nada de único. Es una demostración a gran escala de lo que significa un bloqueo propietario y de lo que cuesta la falta de reversibilidad. La tecnología era excelente, la dependencia cómoda, y es precisamente esa comodidad la que hizo que la factura fuera tan elevada el día en que cambió la relación de fuerzas.
La pregunta que hay que plantearse no surge a raíz de la adquisición. Debería haberse planteado antes: ¿de qué depende el funcionamiento de mi empresa y cuánto costaría salir de ahí? Un proveedor único que funciona bien sigue siendo un proveedor único. Mientras se pueda cambiar en un plazo razonable, uno es el dueño. El día en que ya no se pueda, uno es un inquilino, y el propietario fija el alquiler.